Andre Arpi. Gerente Proycon

Existe una paradoja que aparece una y otra vez en los grandes proyectos de infraestructura: una obra puede ser construida exactamente de acuerdo con los planos, entregada dentro del presupuesto previsto y cumplir con todas las especificaciones técnicas, y aun así convertirse en una infraestructura difícil, costosa o poco eficiente de operar. El proyecto puede ser considerado un éxito el día de su inauguración y comenzar a revelar sus verdaderos problemas apenas unas semanas después, cuando los equipos de construcción se retiran, los contratos terminan y la responsabilidad pasa finalmente a quienes tendrán que convivir con esa infraestructura durante los siguientes veinte, treinta o cuarenta años.

Es en ese momento cuando aparecen preguntas que deberían haberse formulado mucho antes. ¿Por qué este equipo está ubicado aquí? ¿Por qué una tarea de mantenimiento aparentemente sencilla requiere detener una parte importante de la operación? ¿Por qué acceder a un componente crítico implica movilizar tantos recursos? ¿Por qué el consumo energético es mayor al esperado? ¿Por qué ampliar la capacidad de la instalación resulta mucho más complejo de lo que originalmente se pensó? Y, sobre todo, ¿por qué estamos pagando durante décadas las consecuencias de decisiones que se tomaron cuando todavía estábamos diseñando?

Estas preguntas nos llevan a una conclusión que considero fundamental dentro de la ingeniería estratégica: una infraestructura no existe para ser construida. Existe para operar.

La construcción es una etapa del proyecto. La operación es la vida del activo.

Y si una infraestructura está destinada a generar valor durante décadas, entonces la ingeniería debería estar mucho más enfocada en cómo funcionará durante esas décadas que en cómo será entregada el día de su inauguración.

Esta parece una distinción conceptual, pero en realidad tiene consecuencias económicas, operativas y estratégicas enormes. Diseñar para construir significa pensar en cómo ejecutar una obra de manera eficiente. Diseñar para operar significa pensar en cómo esa obra generará valor una vez que la construcción haya terminado. Ambas perspectivas son necesarias, pero no tienen el mismo horizonte temporal ni las mismas consecuencias.

Una obra puede construirse una sola vez.

La organización tendrá que operarla todos los días.

El momento más importante de un proyecto ocurre antes de que comience la operación

Durante la fase de construcción, el proyecto tiene una lógica muy particular. Existe un objetivo concreto: transformar planos, especificaciones y diseños en un activo físico. Hay cronogramas, contratos, supervisión, equipos de trabajo y una estructura de gestión orientada a alcanzar una fecha de entrega.

Pero cuando el proyecto termina, esa lógica desaparece.

El activo comienza una nueva etapa en la que las reglas son diferentes. Ya no se trata de completar una obra, sino de mantener un sistema funcionando de manera segura, confiable y económicamente sostenible. Las personas que operarán la infraestructura tendrán que tomar decisiones todos los días. Los equipos necesitarán mantenimiento. Los sistemas sufrirán desgaste. La demanda cambiará. La tecnología evolucionará. Las condiciones del mercado serán diferentes a las que existían cuando se aprobó la inversión.

Es entonces cuando el diseño comienza a enfrentarse con la realidad.

Y la realidad tiene una característica que ningún plano puede evitar: es dinámica.

Por eso, cuando pienso en un proyecto de infraestructura, considero que el momento más importante no es necesariamente el día en que se coloca la primera piedra ni el día en que se inaugura. El verdadero momento crítico ocurre mucho antes, cuando todavía existe libertad para decidir cómo funcionará el activo durante el resto de su vida.

Cada decisión de diseño representa una hipótesis sobre el futuro.

La ubicación de un equipo supone cómo se realizará su mantenimiento. La selección de una tecnología supone cómo evolucionará el negocio. La distribución de una planta supone cómo se moverán las personas y los materiales. La capacidad instalada supone cómo crecerá la demanda. El diseño de los sistemas supone qué tan fácil será mantener la continuidad operacional.

Cuando estas hipótesis son correctas, la infraestructura fluye.

Cuando son incorrectas, la organización comienza a pagar las consecuencias durante años.

El diseño se pone a prueba cuando algo sale mal

Es fácil pensar que una infraestructura está bien diseñada cuando todo funciona según lo previsto. El verdadero nivel de un diseño, sin embargo, se revela cuando aparece una situación que no estaba contemplada.

Un equipo falla.

Una línea debe detenerse.

Un componente necesita ser reemplazado.

La demanda aumenta inesperadamente.

Una nueva regulación obliga a modificar un proceso.

Una tecnología queda obsoleta.

Una empresa necesita ampliar su capacidad.

Es en esos momentos cuando podemos observar si el activo fue diseñado únicamente para funcionar en condiciones ideales o si realmente fue concebido para operar en el mundo real.

Una infraestructura verdaderamente operable no elimina los problemas. Eso sería imposible. Lo que hace es permitir que los problemas puedan ser gestionados sin generar impactos desproporcionados.

Un buen diseño permite aislar un equipo sin detener toda la operación. Permite acceder a los componentes críticos sin desmontar sistemas completos. Permite realizar mantenimiento de manera segura y predecible. Permite incorporar modificaciones sin reconstruir la infraestructura desde cero.

En otras palabras, diseñar para operar significa diseñar para que la organización pueda responder cuando las cosas no salen exactamente como fueron planeadas.

Y eso es mucho más importante de lo que parece.

Porque en una infraestructura que operará durante décadas, la pregunta no es si habrá problemas.

La pregunta es cuánto costará resolverlos cuando aparezcan.

El costo de una decisión de diseño puede acompañar a una empresa durante décadas

Una de las razones por las que la operabilidad debe formar parte de la ingeniería desde el inicio es que las decisiones tomadas durante el diseño tienen una capacidad enorme para multiplicar o reducir los costos futuros.

Imaginemos un equipo crítico ubicado en un espacio de difícil acceso. Durante la construcción, esa ubicación puede no representar ningún problema. El equipo se instala, se conecta y la obra se entrega. Desde el punto de vista del proyecto, todo parece correcto.

Pero algunos años después aparece una falla.

El equipo necesita mantenimiento.

Para acceder a él es necesario detener una parte de la operación, movilizar personal especializado y utilizar equipos adicionales. La reparación, que originalmente podría haber tomado algunas horas, ahora requiere varios días. La empresa no solo paga el costo de la reparación. También asume el costo de la producción perdida, el impacto sobre sus clientes y la interrupción de otros procesos.

La decisión de diseño que parecía irrelevante durante la construcción se convierte, con el paso del tiempo, en un costo recurrente.

Y aquí aparece una idea que considero fundamental: el costo de una infraestructura no se define únicamente por cuánto cuesta construirla, sino por cuánto cuesta convivir con ella durante toda su vida útil.

Esta es una de las razones por las que la ingeniería estratégica debe mirar más allá del CAPEX. El costo inicial es importante, pero representa apenas una parte de la historia. Los costos de operación, mantenimiento, energía, disponibilidad, modernización y adaptación pueden superar ampliamente la inversión inicial cuando se analizan durante décadas.

Por eso, una decisión aparentemente económica durante la construcción puede convertirse en una decisión extremadamente costosa durante la operación.

La alternativa más barata de construir no necesariamente es la alternativa más barata de operar.

Y, en muchos casos, tampoco es la más competitiva.

Diseñar pensando en quienes tendrán que operar

Hay una pregunta que debería estar presente en toda ingeniería de infraestructura:

¿Quién tendrá que vivir con las decisiones que estamos tomando hoy?

La respuesta suele ser un operador, un técnico de mantenimiento, un supervisor, un gerente de operaciones o un equipo que todavía ni siquiera forma parte de la organización.

Esa persona será quien tendrá que abrir una válvula en un espacio incómodo, acceder a un equipo ubicado a varios metros de altura o detener una línea completa para reemplazar un componente que podría haberse diseñado de otra manera.

Por eso considero que el conocimiento de quienes operan un activo debe entrar en el proceso de diseño mucho antes de que los planos estén terminados.

El operador conoce la realidad que muchas veces no aparece en los documentos. Sabe qué tareas se repiten, dónde aparecen las dificultades y qué pequeños problemas terminan generando grandes pérdidas de tiempo.

Incorporar ese conocimiento no significa diseñar de acuerdo con cada preferencia individual. Significa integrar la experiencia operacional como una fuente legítima de información para tomar mejores decisiones de ingeniería.

Cuando el diseño escucha a la operación, la infraestructura comienza a responder mejor a las necesidades reales del negocio.

Y cuando la operación participa demasiado tarde, muchas de esas oportunidades ya son imposibles o demasiado costosas de incorporar.

La operabilidad no es una etapa de revisión; es una filosofía de diseño

En algunos proyectos, la operabilidad aparece como una revisión al final del proceso. Se analiza el diseño, se identifican algunos problemas y se intenta corregir aquello que todavía es posible modificar.

Ese enfoque es mejor que ignorar la operación por completo, pero sigue siendo insuficiente.

La operabilidad no debería ser una auditoría final.

Debería ser una forma de pensar desde el inicio.

Debería estar presente cuando se define la alternativa tecnológica, cuando se diseña el layout, cuando se selecciona la ubicación de los equipos y cuando se decide cómo funcionará la infraestructura frente a diferentes escenarios.

Esto requiere cambiar las preguntas.

En lugar de preguntar únicamente si un equipo cabe en determinado espacio, debemos preguntarnos cómo se accederá a él dentro de diez años.

En lugar de analizar solamente si una instalación puede alcanzar una determinada capacidad, debemos evaluar cómo responderá si la demanda aumenta.

En lugar de diseñar un sistema pensando únicamente en su funcionamiento normal, debemos analizar qué ocurrirá cuando falle uno de sus componentes críticos.

La ingeniería madura no diseña únicamente para el escenario ideal.

Diseña también para la realidad.

La eficiencia operacional comienza en el plano

Muchas organizaciones intentan mejorar su eficiencia cuando la operación ya está funcionando. Incorporan nuevos procedimientos, capacitan al personal, compran tecnología o establecen indicadores para controlar el desempeño.

Todas esas herramientas pueden ser útiles.

Pero existe una oportunidad mucho más poderosa que suele aparecer mucho antes: diseñar correctamente desde el principio.

Una infraestructura bien diseñada elimina fricciones antes de que estas lleguen a convertirse en problemas operativos.

Reduce desplazamientos innecesarios.

Facilita el mantenimiento.

Simplifica los procesos.

Permite una mejor distribución de recursos.

Mejora la seguridad.

Reduce tiempos muertos.

Facilita la supervisión.

Y permite que las personas concentren su energía en crear valor en lugar de compensar deficiencias estructurales.

Por eso, cuando hablamos de excelencia operacional, deberíamos mirar mucho más allá de los indicadores que aparecen en un dashboard. La eficiencia no comienza cuando alguien mejora un KPI.

Muchas veces comienza años antes, cuando un ingeniero decide dónde colocar un equipo, cómo distribuir una instalación o qué tecnología utilizar.

La operación que vemos hoy es, en gran medida, la consecuencia de decisiones de diseño tomadas ayer.

Diseñar para el futuro significa diseñar para cambiar

Existe otra dimensión de la operabilidad que considero cada vez más importante: la capacidad de adaptación.

La infraestructura que diseñamos hoy tendrá que convivir con un futuro que no conocemos completamente. Las tecnologías cambiarán. Las regulaciones evolucionarán. Los modelos de negocio se transformarán y las necesidades de los clientes serán diferentes.

Por eso, una infraestructura realmente preparada para operar no debería ser únicamente eficiente en las condiciones actuales. También debería tener cierto margen para evolucionar.

La flexibilidad se convierte así en una forma de valor.

Un sistema que puede actualizarse sin grandes intervenciones.

Una instalación que puede ampliar su capacidad.

Una planta que puede incorporar nuevas tecnologías.

Un activo que puede adaptarse a nuevos requerimientos regulatorios.

Todo ello reduce el riesgo de obsolescencia y prolonga la vida económica de la infraestructura.

Diseñar para operar es, en consecuencia, diseñar también para cambiar.

Porque una infraestructura que no puede adaptarse puede seguir funcionando físicamente durante muchos años y, sin embargo, dejar de ser competitiva mucho antes.

El verdadero éxito de un proyecto se mide años después de su entrega

Durante mucho tiempo hemos utilizado indicadores como costo, plazo y calidad para evaluar el éxito de un proyecto. Son indicadores necesarios, pero no suficientes.

La verdadera pregunta debería ser qué ocurrió con el activo después de su entrega.

¿Cumplió con las expectativas de productividad?

¿Sus costos operativos estuvieron dentro de lo previsto?

¿Fue fácil mantenerlo?

¿Pudo adaptarse a las nuevas necesidades del negocio?

¿Siguió siendo competitivo?

¿Generó el valor que justificó la inversión?

Estas preguntas deberían formar parte de la evaluación de cualquier proyecto importante.

Porque el día de la inauguración solo representa el comienzo de la etapa más larga.

La infraestructura comienza a demostrar su verdadero valor cuando deja de ser un proyecto y se convierte en una operación.

Y esa es precisamente la razón por la que considero que debemos cambiar nuestra forma de medir la calidad de la ingeniería.

Una buena ingeniería no es la que simplemente permite construir correctamente.

Es la que permite que una organización opere correctamente durante muchos años.

Reflexión final

A lo largo de mi experiencia he aprendido que una de las decisiones más importantes que podemos tomar durante el desarrollo de un proyecto es decidir desde qué momento queremos empezar a pensar en la operación.

Mi respuesta es sencilla: desde el primer día.

No después de terminar la construcción.

No cuando aparezca el primer problema.

No cuando los costos operativos comiencen a superar las expectativas.

La operación debe estar presente desde el momento en que comenzamos a imaginar el activo.

Porque cada decisión de diseño construye, de manera silenciosa, el futuro de la organización que tendrá que operar esa infraestructura.

Una buena infraestructura no es necesariamente la más moderna, la más grande o la más sofisticada.

Es aquella que permite que las personas hagan bien su trabajo, que los activos puedan mantenerse, que los problemas puedan resolverse y que la organización pueda adaptarse sin destruir valor.

La construcción es el momento en que una idea se convierte en una realidad física.

Pero la operación es el momento en que esa realidad demuestra si realmente fue una buena idea.

Por eso, cuando hablamos de ingeniería, infraestructura y proyectos, creo que debemos hacernos una pregunta mucho más profunda que «¿podemos construirlo?».

Debemos preguntarnos:

«¿Cómo queremos que funcione dentro de treinta años?»

Porque construir es un momento.

Operar es una vida entera.

Y la verdadera excelencia de la ingeniería no se demuestra cuando se corta la cinta inaugural.

Se demuestra muchos años después, cuando la infraestructura sigue funcionando, sigue siendo eficiente y sigue generando valor.

Andre Arpi

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