Andre Arpi Alcocer. Gerente Proycon
Conoce cómo la ingeniería y la planificación estratégica impulsan productividad, inversión y competitividad nacional.

La infraestructura no es solo concreto y acero. Es el punto de partida del crecimiento sostenible, la base sobre la que se construye la productividad y la conexión de un país con su futuro. En el Perú, la brecha de infraestructura supera los 160 mil millones de soles, un déficit que limita el desarrollo logístico, el acceso a servicios básicos y la competitividad frente a nuestros vecinos de la región. Pero más allá de la cifra, el verdadero desafío está en gestionar con eficiencia, visión y sostenibilidad cada proyecto de ingeniería.
Durante décadas, la discusión sobre infraestructura ha girado en torno al presupuesto público y la ejecución de obras. Sin embargo, el enfoque moderno exige algo más: una gestión empresarial de la infraestructura, donde la ingeniería no sea un fin técnico, sino una estrategia económica. Cada puente, carretera, puerto o represa debe evaluarse no solo por su costo de construcción, sino por el valor que genera a largo plazo —en productividad, integración territorial y competitividad regional.
El rol de la ingeniería en este contexto es determinante. Los ingenieros no solo diseñan estructuras; construyen soluciones que mejoran la movilidad, reducen desigualdades y fortalecen la resiliencia ante desastres naturales. La planificación estructural, el diseño sismo resistente y la sostenibilidad de materiales son hoy elementos que definen el éxito económico de una obra. Países que apostaron por ingeniería de calidad —como Chile o Colombia— lograron traducir sus proyectos en mayores flujos de inversión, crecimiento urbano ordenado y posicionamiento en cadenas globales de valor.
La competitividad del Perú depende, en gran medida, de cómo concebimos la infraestructura: ¿como gasto o como inversión productiva? La tendencia global apunta a una visión integral, donde cada proyecto esté alineado a una estrategia territorial y de desarrollo económico. Esto requiere fortalecer la articulación entre el sector público, el privado y la academia, además de contar con profesionales que integren gestión, técnica y visión país.
Otro aspecto clave es la sostenibilidad estructural y ambiental. Las obras del siglo XXI no solo deben ser resistentes, sino responsables. Incorporar criterios de eficiencia energética, uso racional de materiales y bajo impacto ambiental ya no es opcional: es un requisito para acceder a financiamiento internacional y atraer capital extranjero. En este sentido, la ingeniería moderna se convierte en el puente entre la productividad y la sostenibilidad.
Finalmente, la infraestructura es también una herramienta de equidad. Llevar conectividad, energía o agua a zonas alejadas es construir país desde la base. La ingeniería, vista desde una mirada empresarial, puede ser un motor de desarrollo inclusivo si se orienta a generar valor social además de económico.
El reto no está solo en construir más, sino en construir mejor: con planificación, transparencia y visión a largo plazo. Solo así la infraestructura dejará de ser un déficit pendiente para convertirse en una ventaja competitiva que impulse el futuro del Perú.
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